En
la tradición india y tibetana representan la relación del ser humano dentro del
cosmos. El universo reproduce las figuras circulares en muchos elementos: el
sistema solar, una flor, una célula. Los mandalas nacen de la observación del
universo con profundidad y respeto. De ahí su misticismo.
Muchos
opinan que el simple ejercicio de colorear mandalas puede contrarrestar los
males modernos que más daño están haciendo a la humanidad: la depresión, el
estrés, angustia, soledad, inseguridad, entre otros. Colorear un mandala puede
reconectarnos con nuestro yo y darnos una perspectiva más serena de las
situaciones por las que pasamos.
Hay
otras actividades que toman esta técnica ancestral como un modelo para
solucionar problemas concretos de ciertos grupos.
Así,
en la Universidad Earth, tuve la grata sorpresa de conocer un sistema
productivo al que llaman Agricultura de Mandala. El círculo central es un
estanque en el que se cultiva la carne que puede ser tilapia y patos. Se
asegura así la fuente de proteínas para las familias. Alrededor de esta poza se
generan nueve círculos que contienen los más variados cultivos que servirán de auto
sostenibilidad y también para vender en mercados locales o intercambiar con la
comunidad. En los círculos externos suele sembrarse banano y plátano que son
cultivos que viven varios años y que además protegen del viento a los cultivos
más pequeños. Lo muy bueno de este tipo de cultivos es el poco espacio
que requiere para desarrollarse.
Así
como colorear mandalas nos devuelve un poco de tranquilidad, sembrar atendiendo
estos principios proporciona una armonía con el medio. Así podremos decir
“El que vive
en armonía consigo mismo vive en armonía con el universo.” – Marcus
Aurelius
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