Agradecer, según el diccionario de la RAE, es tener un
sentimiento de estimación hacia un favor o beneficio que hemos recibido.
No necesariamente se debe devolver el favor. Algunas veces,
esto es imposible. Con solo tener presente el bien disfrutado y la persona o
personas que nos los dieron, toda la maquinaria de la gratitud se pone a
funcionar.
Y, ¿esto qué significa? Bueno, pues simplemente vivir en
PLENITUD. Cuando damos gracias a la vida o a Dios o al Universo, según sea nuestra creencia,
nos sentimos completos. Al no tener carencias en nuestro subconsciente la
prosperidad fluye sin ninguna traba.
En ocasiones, si estamos pasando por situaciones muy
difíciles, resulta un poco difícil ser agradecido. En estos momentos podemos
proponernos agradecer por cosas que damos por sentadas. Por ejemplo, sin
ahondar en una lista, podemos dar gracias por respirar, por poder diferenciar
diversos aromas, por sentir el calor o el frío, por poder ver una nube moverse
sin voluntad a merced del viento, por escuchar el canto de las aves o el tren
que atraviesa las vías. Incluso por sentir sed y hambre y poder saciarlas; y ni
qué decir agradecer por nuestras
funciones corporales.
Si adoptamos esta práctica diariamente, muy pronto estaremos
agradeciendo a cada momento, por todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
Nuestra lista de agradecimientos se irá agrandando y no dejaremos espacio para
sentir ninguna carencia.
No lo dejemos para mañana. Agradezcamos hoy por el día que
termina y esta noche que nos brindará un placentero descanso. Agradezcamos y no
nos cansemos nunca de agradecer. Vivamos acorde al viejo probervio hebreo:
El que da debe olvidar; pero el que recibe, siempre debe recordar.

El que da debe olvidar; pero el que recibe, siempre debe recordar.
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