La esperanza está definida
como un estado de ánimo en el cual vemos posible lo que deseamos. Tiene la
misma raíz de esperar. Esperar es no desesperar.
Cuando las situaciones de la
vida se ven complicadas y no hallamos el camino que nos saque del laberinto; en
los momentos en que nos sentimos abandonados de nuestros amigos, de nuestra familia y de nuestros propios
sueños; durante el vacío, la soledad y
el desconcierto, surge, para casi todos los seres humanos, la esperanza.
La esperanza entonces, se
antoja luminosa; da un inmenso sentido a la vida y nos devuelve los deseos de
luchar, de seguir adelante, de renovar las fuerzas para alcanzar nuestros sueños
o, para, simplemente, seguir viviendo.
En ocasiones la esperanza no
llega de la nada sino más bien la obtenemos de un trabajo encaminado a
conseguir un bien. Si planteamos un
proyecto de vida y con sinceridad vemos la posibilidad de realizarlo; si
tenemos alrededor personas que tienen esperanza a pesar de todo lo que las
rodea; si al despertar agradecemos por la infinidad de nuevas posibilidades; si
vamos paso a paso pero con seguridad, indudablemente haremos progresos que nos
llevarán a mantener viva la esperanza.
En cuanto a la esperanza como
virtud teologal es exactamente lo mismo la constancia enfocada a trabajar y
caminar hacia una vida eterna prometida. Esto se logra con la ayuda de DIOS
quien pondrá a nuestra disposición todos
los medios sean naturales o sobrenaturales para que lleguemos a ese destino.
Entonces sigamos viviendo
llenos de esperanza y cómo lo dice el proverbio japonés
Es
mejor viajar lleno de esperanza que llegar

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