La templanza es definida
como la virtud que insta a moderar los sentidos y los apetitos y sujetarlos a
la razón.
Sin embargo, no es de pensar
que la templanza solo se dedica a prohibir por el simple hecho de prohibir. La
templanza motiva al ser humano a buscar el bien supremo. Una persona que tiene
templanza ante un diagnóstico de diabetes, por ejemplo, modera el consumo de
harinas refinadas considerando que esto le dará una más larga y mejor vida. La templanza también se pone de manifiesto en
la persona que no vive triste por su pasado, ni ansioso por el futuro sino que
vive su presente con intensidad pero sin el comportamiento hedonista de vivir
el día a día en el desperdicio, la gula o el libertinaje. La templanza hará que todos tengamos consciencia
del uso de todos los recursos que tenemos a disposición. No haremos desperdicio de agua,
de energía o de comida o de cualquier otro bien.
Incluso aprovecharemos cada minuto de salud, de educación y de trabajo que nos sea regalado Seremos capaces de lograr vivir con solo lo que necesitamos. Imaginemos la abundancia que se generaría si cada ser humano dispusiera solamente de lo que necesita. Quiero soñar que habría de todo en cantidad suficiente para todos y la avaricia vería su muerte segura.
La templanza propone una mirada caritativa hacia
el otro. Si cultivamos esta virtud caerá en desuso esa innecesaria y
desgastante actitud de juzgar y nos
aproximaríamos a comprender a todo ser
humano con que nos relacionáramos.
Cada acción que sea guiada
por la templanza es un ejercicio de fortaleza para nuestra alma y nuestro
espíritu. Viviendo con templanza estamos acercándonos a vivir agradando a DIOS.